Navidad

Beso de Navidad

El reloj está detenido. Pero el tiempo es caprichoso y avanza sin cesar, otra vez, hacia la medianoche. La mesa desnuda espera ser elegantemente vestida para la cena y sin embargo, nadie se acerca. Dentro del cajón, los tenedores aún duermen junto a las cucharas, mientras los cuchillos no se mezclan con nada mas que con sus filos. La sala está obscura y todo permanece en silencio. El espejo esta negro, y las frías lechuzas se aburren mirando eternamente la inmóvil y apagada fiesta.

Las llaves tiemblan afuera. La puerta se abre dejando entrar la leve luz de la calle, y raja el negro vientre de la sala con un rayo violeta. Un árbol cubierto de brillos pestañea. Una mirada lo recorre y el árbol tiembla de vergüenza. Bajo las ramas, una corte de bestias esperaba echada en la paja, con la mirada fija en una pequeña cuna, que seguía vacía, porque pasó de largo la estrella que cumpliría el milagro. Las cosas habían olvidado su presencia, y su aparición rutilante las despierta de su sueño.  La puerta gira lentamente sobre las bisagras que la soportan, y se encastra en el marco cerrándose en la nariz de la noche.

Un sonido intermitente recorre el lugar y de repente la lámpara se enciende y sorprende a las cosas, que incansablemente lo observan todo desde su lugar, y entonces lo pueden ver. ¿Quién era el visitante que aún estaba tan adornado, envuelto en estrellas, que esta allí, distinguiéndose de todo? ¿para quienes son esos regalos que yacen a sus pies? ¿Y porque de repente pequeñas luciérnagas lo iluminan, ante el disimulo de todos? ¿y ellos? ¿Qué hacían allí, inútiles, sin cumplir ninguna función?

Una brisa entra por las rendijas de la ventana, y las cortinas sacuden sus fantasmas sobre la sala. Entonces, el florero recuerda las flores, las copas sedientas su tintineo, los cubiertos tiemblan en sus cajones y la mesa, se acuerda de la cena, cuando un mantel blanco la cubría por completo, y reposaban sobre ella los platos que mas tarde serian torturados por tenedores y cuchillos. Las copas se paraban en puntas de pie tras las flores y todos escondían sus zapatos chocándose las rodillas bajo ella, la mesa.

¿Dónde estaba aquel bullicio? Ese, en el que daba gusto aturdirse, donde todos hablaban al mismo tiempo y reían alrededor de un fuego que bailaba asando la carne. ¿Dónde estaba la abuela mezclando la fruta que cortaba en la mesa del patio? ¿Dónde estaban las tías fingiendo que se querían? ¿Dónde estaban todos?

¿Y aquel niño que aún ríe sobre la chimenea? ¿Estará jugando entre la fantasmal presencia de aquellos que no vinieron? ¿Porqué este hombre nos observa tan fijamente, y a cada una nos dedica una sonrisa? El espejo lo reconoce, pero se confunde ¿Será aquel niño que entre las risas, deseaba ser grande alguna vez?

Los sillones lo recuerdan, recostado, mientras todos brindaban, esperando descubrir el extraño misterio, pero se quedaba dormido y alguien lo alzaba y lo llevaba a su cama, pero no reconocían a este hombre que hoy los visitaba. Las lechuzas de la repisa, con sus siempre abiertos ojos de porcelana observan, y susurran entre humildes pero elegantes cisnes de vidrio… ¿Es él? ¿Es él? Las luces del árbol titilan, y mugen y rebuznan las bestias tendidas bajo sus ramas, pero no era el niño.

Ya no era él. Había desaparecido cuando se cumplió el deseo, y se hizo tan grande que ningún regalo era capaz de sorprenderlo. Ya estaban vacías las cajas envueltas con moños que las tías ponían bajo las ramas cargadas de adornos. Las tías, que desaparecían a la hora del brindis, mientras su madre lo llenaba de besos… cuando su madre le dió el ultimo beso. Así quedó ese árbol desde entonces. Tristemente vestido de brillos, y ofreciendo regalos sin ilusión.

Pero él sí los recuerda. Y gratamente los mira sentado desde el sillón. El espejo, La mesa, las lechuzas… todo alguna vez fue parte de un cuento. El árbol también, pero no sonríe cuando lo mira largamente con los ojos cerrados. Por que entonces lo ve como aquella vez, y siente un dulce beso en la mejilla.

Las cosas acompañan en silencio la triste fiesta del recuerdo, mirando de reojo al condenado con pena, aunque él aún esté erguido sobre moños. Que aplastante está el calor, y esa nube que lo cubre todo amenaza con hacer todo mas triste. Pero el aire es fresco. La respiración se recupera y entonces los fantasmas vuelven a aplastarse contra los mosaicos. ¡Que poco duró la ilusión!. Nada está en su sitio y afuera empieza una guerra de luces, explosiones y felicidades.

La puerta se abre nuevamente, y se cierra, atrapando toda esa soledad encendida, y el centelleante invitado queda a merced de aquellas cosas, que lo observan rígidas, mientras afuera, un agujero entre las nubes deja ver una estrella, y un anciano camina por la calle.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s